Ya lo dijo Jorge Basadre: “El que olvida la historia y no la toma en cuenta, está condenado a repetir sus mismos errores”. Divo. En la siguiente parte del libro se representa -un poco- el enfoque global que el relacionista público de hoy tiene en comparación de su homólogo de décadas pasadas. Su capacidad de preparación y de persuasión para laborar de manera íntegra (hasta virtuosa) en las organizaciones.
Sin embargo incide, especialmente, y con mucha lógica, en esa capacitación y, a su vez, en el buen o mal uso de sus aptitudes personales. Es decir: habilidades intrínsecas. Habilidades que, muchas veces, van en contra de lo que entendemos por ética en el desarrollo profesional. ¿La entendemos, cierto? Se plasma una comparación de los sofistas griegos con los lobbistas de la actualidad. El primero, como sabemos, personas con gran capacidad retórica y gran facilidad dialéctica (En la mala práctica, se veían tentados a mentir. Y lo hacían.) Los segundos, intentar influenciar sobre la legislación utilizando eficaces métodos de comunicación. Lobos.
Entonces, surge la lógica e inevitable pregunta: ¿deberían vender su talento a la propuesta más tentativa, aunque vaya en contra de su propia moral? Pregunta que, teniendo la palabra ética tatuada en toda la cabeza, tendría, sin dudas, una respuesta negativa. A pesar de ello, el mejor postor a veces puede más que los mismos principios. Quizá, inclinando la carrera profesional del relacionista hacia la trayectoria sin tracción de su final.
Quién no querría evitar soberano desconsuelo, quedar exiliado de un grupo ejecutivo de renombre. Fácil. Lo dijo Ivy Lee, padre de las Relaciones Públicas modernas, la ecuación perfecta: honestidad y franqueza. El binomio de oro. La historia habla de los “barones del robo”, industriales estadounidenses que en su tiempo fueron bautizados con semejante apodo por únicamente responder a intereses personales, dejando (tontamente) de lado al sentir colectivo. Se aprovecharon de todos los recursos, ganándose el Grammy del Robo otorgado por la opinión pública.
Desde el señor Lee hasta hoy, las Relaciones Públicas han encontrado una solidez considerable dentro de su entorno. Se puede, incluso, hablar de una madurez paulatina que es la convergencia de varios aspectos históricos correspondientes a las comunicaciones. El primero de los aspectos fue el crecimiento de grandes instituciones y su conciencia de ser responsables ante el público. La gran depresión de la década de 1930, proporcionó el impulso necesario para que las empresas buscarán el respaldo de la gente. La crisis los hizo llorar y corrieron a los brazos de mamá.
El segundo correspondió a los cambios, conflictos y confrontaciones entre los grupos de interés de la sociedad. Ecologistas, homosexuales, mujeres, entre otros; exigían derechos igualitarios luchando activamente por sus intereses, propiciando la separación. Incluso la religión. Tercero, la mayor concientización de las personas debido al aumento de sofisticación de las tecnologías. Desde este punto, las empresas abrieron los ojos, empezando a contribuir con más causas sociales. Ya lo imaginan. Qué lindas son todas las empresas. (Será).
Número cuatro, la expansión de la democracia global. Actos como la destrucción del muro de Berlín, la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, conversación de líderes palestinos y hasta la compartición del Premio Nobel de la Paz por Nelson Mandela y Nicholas DeKlerck, dieron pie al desarrollo social. Por último, el quinto, el auge de Internet y de la World Wibe Web. Llegó la comunicación bidireccional, hecho que tuvo gran impacto en la práctica de la disciplina, por ejemplo: el correo electrónico en la comunicación interna. Definitivamente, el conocimiento y facilidad de esta herramienta para los profesionales de las Relaciones Públicas no es una opción. Es una necesidad.
En definitiva salvaguardar la ética en una casuística real es idóneo. Aplicarla con sumo cuidado, es más que eso. Acabamos de ver ciertos puntos que los años en la práctica de esta disciplina han ido puliendo a la misma. No obstante, corresponde a los profesionales de este siglo sacarle brillo diariamente. Hasta rechinar. Lo mostró Jhonson & Jhonson una vez, retirando a su producto Tylenol de mercado hasta por dos veces, ya que terminaban envenenado a sus consumidores. Perdieron millones en inversión. Ganaron trillones en imagen social. Cómo diría mi abuela, eran otros tiempos. Pero qué sabe ella, ahora también podemos hacerlo mejor. Y mejor.
Sin embargo incide, especialmente, y con mucha lógica, en esa capacitación y, a su vez, en el buen o mal uso de sus aptitudes personales. Es decir: habilidades intrínsecas. Habilidades que, muchas veces, van en contra de lo que entendemos por ética en el desarrollo profesional. ¿La entendemos, cierto? Se plasma una comparación de los sofistas griegos con los lobbistas de la actualidad. El primero, como sabemos, personas con gran capacidad retórica y gran facilidad dialéctica (En la mala práctica, se veían tentados a mentir. Y lo hacían.) Los segundos, intentar influenciar sobre la legislación utilizando eficaces métodos de comunicación. Lobos.
Entonces, surge la lógica e inevitable pregunta: ¿deberían vender su talento a la propuesta más tentativa, aunque vaya en contra de su propia moral? Pregunta que, teniendo la palabra ética tatuada en toda la cabeza, tendría, sin dudas, una respuesta negativa. A pesar de ello, el mejor postor a veces puede más que los mismos principios. Quizá, inclinando la carrera profesional del relacionista hacia la trayectoria sin tracción de su final.
Quién no querría evitar soberano desconsuelo, quedar exiliado de un grupo ejecutivo de renombre. Fácil. Lo dijo Ivy Lee, padre de las Relaciones Públicas modernas, la ecuación perfecta: honestidad y franqueza. El binomio de oro. La historia habla de los “barones del robo”, industriales estadounidenses que en su tiempo fueron bautizados con semejante apodo por únicamente responder a intereses personales, dejando (tontamente) de lado al sentir colectivo. Se aprovecharon de todos los recursos, ganándose el Grammy del Robo otorgado por la opinión pública.
Desde el señor Lee hasta hoy, las Relaciones Públicas han encontrado una solidez considerable dentro de su entorno. Se puede, incluso, hablar de una madurez paulatina que es la convergencia de varios aspectos históricos correspondientes a las comunicaciones. El primero de los aspectos fue el crecimiento de grandes instituciones y su conciencia de ser responsables ante el público. La gran depresión de la década de 1930, proporcionó el impulso necesario para que las empresas buscarán el respaldo de la gente. La crisis los hizo llorar y corrieron a los brazos de mamá.
El segundo correspondió a los cambios, conflictos y confrontaciones entre los grupos de interés de la sociedad. Ecologistas, homosexuales, mujeres, entre otros; exigían derechos igualitarios luchando activamente por sus intereses, propiciando la separación. Incluso la religión. Tercero, la mayor concientización de las personas debido al aumento de sofisticación de las tecnologías. Desde este punto, las empresas abrieron los ojos, empezando a contribuir con más causas sociales. Ya lo imaginan. Qué lindas son todas las empresas. (Será).
Número cuatro, la expansión de la democracia global. Actos como la destrucción del muro de Berlín, la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, conversación de líderes palestinos y hasta la compartición del Premio Nobel de la Paz por Nelson Mandela y Nicholas DeKlerck, dieron pie al desarrollo social. Por último, el quinto, el auge de Internet y de la World Wibe Web. Llegó la comunicación bidireccional, hecho que tuvo gran impacto en la práctica de la disciplina, por ejemplo: el correo electrónico en la comunicación interna. Definitivamente, el conocimiento y facilidad de esta herramienta para los profesionales de las Relaciones Públicas no es una opción. Es una necesidad.
En definitiva salvaguardar la ética en una casuística real es idóneo. Aplicarla con sumo cuidado, es más que eso. Acabamos de ver ciertos puntos que los años en la práctica de esta disciplina han ido puliendo a la misma. No obstante, corresponde a los profesionales de este siglo sacarle brillo diariamente. Hasta rechinar. Lo mostró Jhonson & Jhonson una vez, retirando a su producto Tylenol de mercado hasta por dos veces, ya que terminaban envenenado a sus consumidores. Perdieron millones en inversión. Ganaron trillones en imagen social. Cómo diría mi abuela, eran otros tiempos. Pero qué sabe ella, ahora también podemos hacerlo mejor. Y mejor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario